Memorias de una voz incesante.
A comienzos de siglo (y no exagero), cuando filmábamos cortometrajes para la Escuela de Cine, algunos actores de Córdoba denunciaban —no sin fundamento— que en las producciones universitarias se los trataba como si fueran “otro tacho de luz o un trípode más”. Rara vez había dinero para pagarles, y las condiciones de rodaje eran tan brutales para todos que jurábamos no repetirlas. Aunque siempre se repetían.
Otros actores eran distintos. Entendían que de la facu todavía no habían brotado egos ni talantes como para descuidar a sus intérpretes delante de cámara. Que ahí todos, técnicos y actores por igual, operábamos como artefactos al servicio del soñador de turno.
Humberto Virgolini era el principal facilitador de esos sueños. Cualquier pedo de color que se nos ocurriera imaginar, ahí estaba Humberto para cristalizarlo. En su acervo empírico (producto de un sinfín de trabajos con cineastas aspirantes) había acumulado todas las herramientas que Michael Caine considera mandatorias para un actor de cine: entendimiento técnico, ánimo inagotable y, por sobre todo, adaptabilidad. Claramente se asumía al servicio de la obra y de la colaboración.
Pero las colaboraciones solían ser toscas y sacrificadas.
“Esta toma es un error”. Fue la única observación que yo personalmente le escuché pronunciar. En mi versión de los hechos, ocurrió en una madrugada filmando La Ciudad de los Hombres Lactantes, después de tres jornadas indistinguibles y un centenar de retomas. Por un lado, la directora Eugenia Blanco ya había renunciado al hecho de que dormir fuera una necesidad vital. Por el otro, el director de fotografía Pablo González se negaba a aceptar la existencia de un sol capaz de entrar por las ventanas y traicionar el efecto nocturno de la escena. Negar era parte del plan.
—Esta toma es un error.
—¡No!
—Siiii.
La toma se filmó y Humberto no se fue. Tampoco se quejó.
Como una locomotora verbal, oscilaba entre el déficit de atención y el aturdimiento de quienes pueden sostener siete conversaciones a la vez sin terminar ninguna. Una noche, filmando mi corto El Sereno, castigados por un invierno prematuro, sentía que él no me escuchaba. Me exasperé y, como suele pasarme, me arrepentí. Su frenesí (que quizás no era otra cosa que entusiasmo desmedido) alimentaba mi propio estrés por la dificultad de armar un plano. Yo necesitaba entender cuál sería su acción.
—¡Humberto! ¿Cómo es tu movimiento?
—Sexy —me respondió, en alusión al hit de King Africa.
Cagados de frío, bajo la lluvia falsa de una manguera, nos matamos de risa.
Humberto Virgolini filmando El Sereno (The Night Watchman).
Siempre hablo del respeto y del agradecimiento por mi formación en la Facultad de Cine en Córdoba. No teníamos prácticamente nada: en fotocopias gastadas aprendíamos de equipos que rara vez llegábamos a conocer (muchos ya en extinción). Pero sí se nos enseñaba a ver películas. Con total entrega, profesores esenciales como Arturo Borio y Enrique Lacolla nos exponían a obras con las que, en la vida “normal”, no nos cruzaríamos. Así aprendimos. Mirando.
Inevitablemente, cada tanto aparecía un instructor de modesta filmografía o un ayudante de poca fortuna que nos aseguraba con ahínco que jamás llegaríamos a filmar nada, mucho menos en fílmico; también educadores que se jactaban de nunca haber tenido que “filmar una publicidad”, sin reparar en que impartían mandatos que podían recaer sobre mentes frágiles —como la mía—, dejando cicatrices con las que aún hoy batallo. En una ocasión, un profesor dijo que nuestro problema era que confundíamos “penumbra con oscuridad”. Cuando Humberto se enteró, recomendó: “Así se debería llamar la muestra de todos sus trabajos: Confundiendo Penumbra con Oscuridad”.
Y así fue: tanteando entre confusiones, los cortos en 16mm que hicimos con Humberto viajaron por todo el país, por Europa, y representaron a la Argentina en el Festival de Cannes, ganando el premio Kodak de Escuelas de Cine, dos veces.
Virgolini hizo tantas producciones que dejó obras aún por estrenar. Su partida no solo me duele, sino que en mi extranjería me confronta nuevamente con el autoengaño de creer que todo lo que dejé atrás seguirá existiendo para siempre. Pero no todo es pérdida.
Aquella mañana filmando Lactantes, en que Humberto nos veía atajar la luz con colchas y cortinas y, sin detenernos, insistía: “Esta toma es un error”, hoy ya no suena a diagnóstico, sino a estímulo. Como si esa máquina inagotable de hablar, de actuar y de hacer filmar nos invitara a seguir cometiendo errores, a seguir fallando.
Y así, a fallar mejor.
