Mi visita anual a la neuróloga arrancó interrumpida por una llamada telefónica. La escuché insistir en que “los trámites de cremación” debían resolverse con su marido. Al notar mi expresión, me explicó con tristeza, que su perro había muerto.
—¿Qué perro era?
—Un coli, así de grande.
—Lo siento.
—Yo también. Lo quería mucho.
Sentí cierto alivio, por no tener perro. Mi hijo hace mucho que quiere uno y siempre hay razones para prorrogarlo: que el consorcio no permite mascotas, que ¿quién lo va a sacar de madrugada?, etc. Son todas excusas. La razón real es otra. Después de haber perdido ambos padres —mi vieja de forma súbita y mi viejo tras una por demás extensa enfermedad— me propuse hacer lo imposible por alejarme de cualquier experiencia que exigiera atravesar nuevamente esas eventuales, dolorosas e inevitables pérdidas.
Tengo lo que llaman Covid Largo y los exámenes neurológicos forman parte del sinfín de consultas que hoy integran mi vida. Como de costumbre, mis síntomas no tienen explicación y la única ansiedad tangible, en ese momento, era el Mundial, a lo que ella respondió no estar muy al tanto. Aprendí a querer a mi neuróloga. En la cronicidad de la incertidumbre uno termina aferrándose a cualquier persona o práctica que represente predictibilidad, y cada momento, por pleno que sea, se vive con sospecha.
Se puede decir que en parte me las busqué, porque siempre tuve un imán por los asuntos en extinción. Mi primer cortometraje como director fue protagonizado por un actor entrado en años que, si bien alcanzó a ver la película terminada en salas y pudo elogiar su propia interpretación, no llegó a enterarse del reconocimiento internacional, porque falleció poco después de su estreno. Hice un documental sobre una anciana de West Hollywood que reflexiona sobre su vida desde su lecho de muerte.
Con similar vértigo, junto a los argentinos fui preparándome para que este Mundial sancionara a su vez el cierre inevitable de muchas otras cosas, principalmente el fin de Messi como capitán y, ya sin el Diego, como la última figura que parecía desafiar el paso del tiempo. El refugio de lo permanente, al menos en el fútbol.
Hice películas de fútbol, aunque sé poco de su actualidad. Durante la final, el novio de mi hija me explicaba en qué equipos de Europa jugaban tipos como Senesi. En cambio, como documentalista —o como observador de esos que incomodan (mi esposa asegura que tengo Asperger)— creo entender a las personas y me fascina aquello de lo que somos capaces por nuestras convicciones y anhelos. En este sentido, para mí el cine ha sido el mapa que me permite comprender ciertos comportamientos. Me viene a la mente el documental de Les Blank sobre Fitzcarraldo. Werner Herzog había perdido no solo a sus actores principales por cuestiones de cronograma, sino también el financiamiento que su presencia garantizaba. Regresó a Alemania en busca de apoyo, y sus financistas le preguntaron si realmente estaba seguro de volver a empezar casi de cero un filme en el Amazonas de semejante ambición. Les respondió: “Si abandono este proyecto ahora, me convertiría en un hombre sin sueños”. Con esa convicción terminó cruzando un barco por encima de una montaña, y quizás hoy sea más recordado por superar hostilidades de producción en la selva, que por la película en sí.
Herzog no elabora sobre el costo de abandonar sus sueños. Hoy, los algoritmos plagados de citas inspiradoras que nos exhortan a nunca darnos por vencidos, a no conformarnos, más que motivarnos, suelen lucrar con nuestro temor a lo desconocido. En mi experiencia, sin dudas reconozco esa llamarada cuando mi vida es propulsada por un sueño perseguido. Asimismo, algunos psicólogos modernos advierten contra la insistencia obstinada en procurar ciertos mandatos, propios o heredados, y sugieren que debemos aprender a soltar deseos que puedan haberse convertido en ataduras. En Synecdoche, New York, un director de teatro es premiado con los medios para montar una obra basada en su vida que se vuelve interminable: comienza a confundir su propia identidad con la de la obra y a perder los límites entre ficción y realidad, hasta contratar dobles para interpretar a los dobles. Eventualmente pierde por completo el control de la obra y, por ende, de su vida. Decir que me alarmó es una atenuación.
Ante la porfía de avanzar a toda costa, es entendible que los prudentes recurran a la frase, quizá apócrifa, atribuida a Cortázar: que en la vida “todo dura un poco más de lo que debería”. Que Messi debió retirarse después de ganar el Mundial de Qatar, cuando estaba en la cima. Pero ese deseo está más al servicio de quienes buscamos narrar las historias que de quienes las viven. Como ya se ha dicho, la diferencia entre un final feliz y una tragedia está en el punto en que elegimos terminar la historia.
“En la vida no queremos sufrir”, dice el tema de los Cadillacs. “…queremos tocar el cielo”. Cuando Messi, después de hacer justamente eso, anunció en 2022 que seguiría un Mundial más, mi reacción adversa tuvo menos que ver con que se debilitara el componente heroico del relato y más con una razón egoísta: inconscientemente anticipaba el déjà vu, la repetición de la tragedia de Italia 90 en la búsqueda del bicampeonato. Los ecos del 86 al 90 se hacían cada vez más fuertes con el nuevo canto de la hinchada: “…treinta y dos años después…”. Messi se quedaba en la selección, y yo, negando el precedente, me volvía a ilusionar.
Corrió un mundial larguísimo y efímero a la vez. Con cada victoria de lógica imposible fuimos desvistiéndonos de ese blindaje que intenta protegernos del pecado de la ilusión. Al ver a mi hija desconsolada, por primera vez elegí no anestesiar ese dolor inconfundible que produce la inminencia de una eliminación, un pasaje que todo argentino/a, tarde o temprano, aprende a atravesar. Me limité a consolarla y recordarle que los partidos se toleran, y a la selección se la alienta hasta el final. Así ella descubría, por sí misma y en familia, la fe y el orgullo de ver a los jugadores resurgir de las cenizas en los minutos finales de los últimos encuentros. Históricos.
Pero los que realmente saben dicen que la historia no se repite, aunque rima. Tras una final pegajosa, nauseabunda y llena de interrogantes, la derrota trajo el vacío inescapable. La profecía volvió a escribirse. Argentina no logró el bicampeonato, al igual que en Italia 90. Nuestro héroe se convirtió en mártir y otra final perdida se fue tiñendo de dudas, mitos y fábulas que alimentarán los cantos y arengas por venir.
Ante tanto dolor nunca faltan las almas bien intencionadas que relativizan el desgarro. De regreso, el central Facundo Medina declaró su tristeza en nombre del equipo, pero invitó a reordenar las prioridades recordando que “hay cosas más importantes que un partido de fútbol”. No es una discusión nueva. Después del Mundial de 1986, el mismo Alejandro Dolina, lúcido autor y fiscal férreo frente a los “refutadores de leyendas”, nos invitaba a permanecer cautos en medio de la alegría y a no “confundir lo trivial con lo importante”. Hoy basta con detenerse un instante y mirar el orden del mundo para adherir sin miramientos (terremotos, persecuciones, tres guerras, etc.).
La noche previa a la final, mi hijo menor me confesó su ansiedad: “Siento que si mañana no ganamos, todo habrá sido para nada”. No supe qué responder. Solo recordé que, cuando murió mi mamá, una amiga que ya había atravesado por eso supo aconsejarme: “Con el tiempo el dolor se siente menos y verás que quedan los buenos recuerdos”.
El Covid puede afectar la memoria, pero dudo que eso explique por qué, cuando pienso en el 2010, lo único que me viene es la volea de Maxi Rodríguez contra México, al ángulo. Del 2018, el gol de Rojo con centro de Mercado. De esta copa, el dolor por la caída ya va abriéndole paso en la memoria al cabezazo sereno de Enzo, al frenético de Lautaro y a la ridiculez soberbia desde afuera del área de Julián Álvarez. También se va desvaneciendo el Messi obligado a la quietud en esa final apagada, y va quedando el que no se conformó con un solo gol por partido, el que echó el centro con la derecha, el de los festejos agradeciendo al cielo y el de la arenga antes del segundo tiempo, implorando: “¡Responsabilidad, gente! ¡Con responsabilidad!”.
En esta calma que va amaneciendo el relato se completa. Las memorias de Italia se expanden: el gol de Troglio, la corrida del Diego con caño a Caniggia, las atajadas del Goyco y hasta la comunión de Maradona con el pueblo desde el balcón después de la derrota. Me hubiera gustado ver a Messi saludando desde el micro descapotable. Tendrá sus razones.
Pero incluso con esa claridad, no me atrevería a reducir tantas emociones, catárticas y cardíacas, a la idea de que seguimos hablando “tan solo de un partido de fútbol”. No porque crea que la cancha sea un espacio para conciliar las luchas por la equidad racial o el escenario definitivo donde saldar deudas geopolíticas (aunque no dudo de que cada victoria ante Inglaterra ayude a aliviar heridas). Sino por algo mucho más simple: nos rehusamos a convertirnos en personas sin sueños. No queremos sufrir, pero el momento nos toma porque en cada partido estamos más cerca de tocar el cielo, sin recaudos, sin blindajes, entregados a la posibilidad de perderlo todo. Quizás para nada.
Y aun así seguimos soñando.
PD: El tema del perro ya está hablado en casa. La condición de la jefa es que no largue pelos. ¿Alguna recomendación?

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